Edición: Enero de 2015
Edición impresa de 196 páginas
Sitio Web: https://www.detrasdellente.com.uy/editorial_fotos.php?id=4
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El catalejo de un visionario
Existen tantas miradas sobre un paisaje como personas lo contemplen. Pero hay gente que descubre tan sólo con observar lo que otros ni siquiera ven. Sonsores privilegiados que -muchas veces sin saberlo- tienen ese don de hallar tesoros. Y cuando hablo de tesoros no me refiero al oro o a las piedras preciosas por las que tanto se ufanan los hombres. Sino a aquellas cosas que están en la naturaleza, al alcance de nuestras manos y que solo la sensibilidad de un artista logra transformarlas en riquezas infinitas capaces de llenar de felicidad el alma de las personas. Un atardecer; una noche en que las olas traen a la orilla el reflejo de la luna, para volvérselo a llevar mar adentro. Un amanecer en el que el sol asoma y pinta de
azul el cielo. Un mediodía en que la brisa del este acaricia los pinos y eucaliptus y esparce sus fragancias a los cuatro vientos. ¿Puede haber fortuna mayor?
Esas riquezas fueron vislumbradas por un niño, hace ocho décadas en su primer viaje a Punta del Este. Tenía solo siete años, pero la sensibilidad para darse cuenta que había llegado a un lugar especial, mágico. Entonces, ni él, ni nadie imaginaban que ese muchachito se transformaría -
años más tarde- en una figura fundamental de ese agreste edén. Y que desde esa, su aldea pintaría el mundo y se convertiría en un artista mundialmente reconocido. Carlos Páez Vilaró tenía siete años, es cierto; pero también la sensación que si existía un paraíso como decían los Santos Evangelios, este debía ser como Punta del Este.
El niño se hizo hombre y artista plástico. Salió a recorrer y conquistar el mundo. Llevaba siempre sus lienzos a cuestas y predicaba como un apóstol las bondades de un lugar que tiene un mar sereno y otro bravío. “Allá, en mi país, Uruguay, existe un paraíso llamado Punta del Este, donde
todos los sueños pueden ser posibles”, decía. Muchos le creyeron y llegaron a estas latitudes gracias a él. Y hasta ahora se lo agradecen...
Hoy que Punta del Este es conocido en los cinco continentes, resulta una experiencia estimulante ver -a través de su catalejo-, la Península aldeana que -en 1930- enamoró a Carlos Páez Vilaró.
Diego Fischer Requena